viernes, 27 de abril de 2018

Bloque 10.2. Resume las reformas impulsadas durante el bienio reformista de la República


El bienio reformista da comienzo al formarse el primer gobierno constitucional, el 15 de diciembre de 1931 y termina con las elecciones de noviembre de 1933, que darían el gobierno a la derecha. Tras la aprobación de la constitución de 1931, se constituyó un gobierno formado por una coalición entre republicanos de izquierdas, especialmente Acción Republicana, y socialistas del PSOE, y presidido por Manuel Azaña.


Este gobierno continuará las reformas ya iniciadas durante el periodo del gobierno provisional y planteará otras nuevas, especialmente en el ámbito agrario. Fue el periodo más activo de la República en cuanto a reformas, en un intento de poner a España en el camino de las democracias liberales occidentales europeas, pero con una clara influencia también, de las ideas socialistas.
La reforma laboral llevada a cabo por el líder de UGT y ministro del Trabajo, Largo Caballero, se había iniciado en la etapa del gobierno provisional con la Ley de Términos, por la que se hacía obligatorio contratar para las labores del campo, a los campesinos del término municipal, antes de recurrir a los de otros términos. De esta forma, se evitaba la coacción política y sindical como arma de contratación laboral. Las nuevas medidas incluían la introducción del seguro de enfermedad, las vacaciones pagadas, la jornada de ocho horas o el establecimiento del salario mínimo. A pesar de todo, La CNT, que no quiso colaborar en las reformas, convocó violentas huelgas revolucionarias, creando una gran inquietud en las clases medias que no veían al gobierno capaz de controlar la situación.
Otra de las medidas de reforma iniciadas en la etapa anterior fue la reforma militar, llevada a cabo por el presidente del gobierno y ministro de guerra, Manuel Azaña. Esta reforma pretendía por un lado reducir el número excesivo de oficiales existentes, y por otro, garantizar la lealtad del ejército al nuevo régimen republicano. Para ello se colocaron en los puestos de mando a militares de confianza del nuevo régimen, y se ofreció a muchos oficiales pasar a la reserva activa con todo el sueldo. Esta medida buscaba también alejar del ejército a militares monárquicos, y muchos militares consideraron que favoreció a los oficiales que defendían a la República, lo que llevó a algunos, a organizar una conspiración. En agosto de 1932 el general Sanjurjo se pronunció en Sevilla (Sanjurjada) y al fracasar fue detenido y encarcelado junto a sus compañeros. Sentenciado a muerte, la sentencia le fue conmutada por el exilio, instalándose en Portugal desde donde participaría en la sublevación de julio del 36.
Por otro lado, y para sustituir al ejército en la tarea de garantizar el orden, se creó la Guardia de Asalto, como cuerpo encargado del orden público, y de la defensa del sistema republicano.
La política religiosa del gobierno provisional, la quema de conventos y la aprobación de la Constitución de 1931, supusieron el enfrentamiento con la iglesia católica, enfrentamiento que se radicalizará con las sucesivas reformas afectaban a esta institución.
Las medidas directamente relacionadas con la cuestión religiosa, como la eliminación de la religión católica como asignatura y la Ley de Congregaciones Religiosas, agravaron la situación. Con la nueva ley, iglesias y conventos pasaban a ser propiedad pública, aunque se permitía a la iglesia su uso. Sin embargo, la medida más cuestionada será la prohibición a la iglesia de dedicarse a actividades mercantiles y, sobre todo, a la enseñanza, pilar fundamental de control ideológico en los siglos anteriores. A estas medidas se añaden la expulsión de España de la Compañía de Jesús y la confiscación de sus bienes inmuebles, así como la aprobación del matrimonio civil, el divorcio y los cementerios civiles.
Se trataba de poner en práctica el principio de laicidad establecido en la Constitución de 1931, pero una parte de la sociedad y, sobre todo, la jerarquía eclesiástica, dejarán de creer en las posibilidades de consolidación de la República. La iglesia no estaba dispuesta a perder sus privilegios y su poder.
El problema regionalista también dividió a la sociedad española entre los que defendían la unidad de España, problema especialmente delicado para el ejército, y los nacionalistas, especialmente, catalanes y vascos. La constitución reconocía el derecho a constituirse en Comunidad Autónoma y a elaborar y aprobar sus propios Estatutos, aunque éstos, debían ser aprobados en última instancia por el Parlamento español.
En 1932 Cataluña obtenía su Estatuto de Autonomía, bajo la presidencia de Companys, mientras el País Vasco debió esperar a 1936 para ver aprobado también el suyo. El reconocimiento de los nacionalismos supuso otro argumento más de enfrentamiento, y de malestar militar.
Se continuó también con la reforma educativa, basada en el principio constitucional de universalidad y en el modelo de la escuela mixta, única, pública, laica, obligatoria y gratuita.  Se desarrolló un ambicioso programa de construcción de escuelas y de creación de plazas de maestros que no logró paliar la escasez de plazas escolares, sobre todo, tras la prohibición a la iglesia para ejercer la enseñanza. En la línea de un Estado laico, establecida por la constitución, se eliminaron los símbolos religiosos de los centros educativos, y la religión dejó de ser obligatoria para alumnos y profesores, aunque los padres podían pedir formación religiosa para sus hijos. Si ningún profesor estaba dispuesto a impartirla, lo harían los párrocos.
Una de las medidas más interesantes e innovadoras fueron los planes de alfabetización de la población adulta, llevados a cabo por las llamadas “misiones pedagógicas”, que intentaron llevar la educación y la cultura al mundo rural. Estas misiones estaban formadas por estudiantes universitarios, profesores, artistas, escritores etc. Que organizaban numerosas actividades como bibliotecas ambulantes, cine, teatro, museos itinerantes o enseñar a leer a las personas adultas. Federico García Lorca fundó La Barraca, compañía de teatro que recorría España representando obras del teatro clásico.
La Reforma Agraria intentó atajar el problema de la redistribución de la propiedad de la tierra, problema histórico en España, y que había creado una situación de anarquía y violencia entre los jornaleros del sur. La complejidad legal y técnica que suscitó la Reforma, junto con los fuertes intereses de los partidos, la presión campesina, y el temor a que la oposición de los terratenientes pudiera acabar con la República, explican la sucesión de cuatro proyectos desestimados y el resultado final de una ley compleja y de difícil aplicación.
Inicialmente, una Comisión Técnica Agraria propuso un procedimiento basado en ocupaciones temporales, pero de duración indeterminada, de aquellas tierras que excediesen de unos máximos por propietario, que se fijaban en función del tipo de cultivo y de suelo. De la operación se encargaría el Instituto de Reforma Agraria (lRA), que la financiaría con fondos procedentes de un impuesto progresivo sobre las grandes fincas. La Comisión recomendaba la aplicación de la ley solamente en áreas donde predominaran los latifundios. La oposición de los terratenientes y de algunos partidos hizo que se abandonase el proyecto.
Uno nuevo, elaborado por Alcalá Zamora, reducía las fincas afectadas por la reforma a las de la nobleza absentista y preveía unas altas tasas de indemnización, que provocarían unos gastos excesivos para las posibilidades del Tesoro público. Por eso, los socialistas, pretendían unas medidas más ambiciosas, con más expropiaciones, menos indemnizaciones y un impuesto progresivo como forma de financiar unos numerosos asentamientos de campesinos.
El frustrado levantamiento monárquico del general Sanjurjo, en agosto de 1932, radicalizó y aceleró todos los proyectos pendientes, al unir a las fuerzas republicanas, y permitió que, tras cuatro meses de discusión, el 9 de septiembre de 1932 fuera aprobada en su totalidad la Ley de Bases para la Reforma Agraria. Según esta ley, se expropiaban sin indemnización las propiedades de los antiguos señoríos jurisdiccionales de los Grandes de España, mientras que podían expropiarse en su totalidad, con indemnización, las tierras procedentes de los antiguos señoríos territoriales, las incultas o manifiestamente mal cultivadas, las arrendadas de forma continua durante los últimos 12 años o aquellas que estuvieran a menos de dos kilómetros de los pueblos (siempre que su propietario tuviera más de 1.000 pesetas de renta catastral); también las situadas en zonas regables que no fueran puestas en regadío.
Se creaba el Instituto de Reforma Agraria (IRA), al que se le encargaba hacer el Registro de la Propiedad Expropiable y al que se dotaba de un presupuesto anual de 50 millones de pesetas para indemnizaciones a los propietarios. Se preveía un ritmo de nuevos asentamientos campesinos de 60.000 a 70.000 por año, a los que se concedería el usufructo, pero no la propiedad de las tierras, que se la reservaría el Estado. El asentamiento de los campesinos se haría en régimen colectivo o individual, según decidieran ellos mismos.
Pero la Ley también presentaba limitaciones o deficiencias:
• Al no reducir el ámbito de su aplicación al Sur del país como se proponía en el primer proyecto, se aumentaron los gastos y aumentó también el número de opositores a la misma. Por otra parte, al regular únicamente las expropiaciones sobre tierras de cultivo, se permitió a los grandes latifundistas mantener la situación sobre bosques y áreas ganaderas.
• La disposición relativa a las tierras arrendadas también fue negativa por ser muy indiscriminada, pues afectó a muchos propietarios de tipo medio que habían abandonado el campo para buscar trabajo en la ciudad y para los que la tierra era un complemento de ingresos importante. Igualmente había cláusulas que lesionaban algunos intereses en zonas de minifundio, sin llegar a afectar apenas a las de latifundio, objeto primordial de la ley.
• La asignación presupuestaria para el IRA resultaba muy insuficiente, pues se estimaban unas necesidades anuales de entre 250 y 300 millones de pesetas (Sólo a la Guardia Civil encargada de mantener el orden en el medio rural se destinaban unos 100 millones de pesetas anuales).
Al final, el Instituto de Reforma Agraria solo expropió algunas fincas, pero a cambio de una indemnización. El problema radicó en que el Estado no disponía de recursos para la compensación y solo 10.000 campesinos obtuvieron parcelas. La reforma no solucionó los graves problemas del campo e incluso empeoró el clima social pues tanto jornaleros como propietarios perdieron la fe en la República. Los propietarios porque consideraron violado su derecho a la propiedad, y los campesinos porque veían que la república no les garantizaba el derecho a la tierra. Las ocupaciones de tierras por la fuerza, por parte de los campesinos, se iniciaron en el sur y en Extremadura, provocando un serio problema de orden público y el miedo de la oligarquía que buscará en los militares la solución al problema.

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